Hay historias que comienzan con una dificultad aparentemente pequeña, pero que terminan transformando una vida entera.
Por: Prof. Dra. Marlene Chavez-Paraguay
“Pensé que todos veían así”. Que ya era normal para mi edad.
Hace algunos años, durante una brigada de salud ocular en el interior del país, con un equipo de salud visual del Programa Nacional de Salud Ocular del Ministerio de Salud de Paraguay se atendió a una mujer que tenía grandes dificultades para ver de cerca. Su visión le impedía realizar actividades cotidianas que para muchas personas pasan inadvertidas.
Cuando recibió sus anteojos y comprobó que podía ver nuevamente con mayor claridad, sus palabras nos conmovieron profundamente. Dijo que volvería a coser la ropa de sus hijos, porque ahora podría enhebrar una aguja. También afirmó que podría ayudarlos con sus tareas, porque volvería a leer.
Sus anteojos no representaban únicamente una corrección de su visión. Para ella significaban recuperar una parte de su autonomía, de su identidad y de su participación en la vida familiar.
Por eso, cuando hablamos de salud visual, no hablamos solamente de agudeza visual, graduaciones, lentes o diagnósticos. Hablamos de oportunidades, independencia, educación, trabajo, seguridad y calidad de vida.
En mis más de 20 años de trabajo en salud visual, al igual que muchos colegas he conocido innumerables historias. He visto a niños mejorar su aprendizaje después de recibir una atención oportuna. He acompañado a adolescentes que pudieron continuar sus estudios y desenvolverse mejor en los deportes. He visto a adultos recuperar su productividad y realizar con mayor seguridad sus actividades laborales y cotidianas. En cada caso, el resultado no fue solamente “ver mejor”. Fue vivir mejor.
Estas experiencias también han fortalecido mi compromiso profesional. Quienes trabajamos en salud visual tenemos la responsabilidad de prevenir, educar, acompañar y derivar oportunamente.
Prevenir significa reconocer los problemas visuales a tiempo, incluso antes de que la persona perciba una pérdida importante de visión. Educar significa explicar que muchas enfermedades oculares pueden avanzar silenciosamente y que un control preventivo puede marcar una gran diferencia. Acompañar implica escuchar, comprender las necesidades de cada paciente y ofrecer orientación durante todo el proceso. Derivar oportunamente significa actuar con responsabilidad cuando una persona necesita atención especializada.
En Latinoamérica, muchas personas todavía postergan sus controles visuales porque consideran que no son prioritarios, porque no pueden trasladarse hasta un servicio de salud o porque no cuentan con los recursos necesarios para adquirir anteojos y tratamientos. Esa realidad nos desafía a continuar trabajando por una atención ocular accesible, disponible y digna para todos.
La detección temprana no debe ser un privilegio. Debe formar parte de las políticas de salud, de los programas escolares, de la atención primaria, de los espacios laborales y de las acciones comunitarias. La salud ocular debe ser reconocida como una prioridad social y política, porque influye directamente en la educación, la productividad, la seguridad y el bienestar de las personas.
En este Día Mundial de la Visión, el lema “Ama tus ojos, cada historia cuenta” nos invita a mirar más allá de los números. Cada paciente tiene un rostro, una familia, un trabajo, un sueño y una historia que merece ser escuchada. Sigo creyendo que cada consulta puede ser el comienzo de una nueva historia.
Ama tus ojos. Cuídalos. Evalúalos. Pero, sobre todo, escucha las historias que ellos todavía tienen para contar.


